Una lectura sobre agotamiento emocional, hiperfunción y desregulación del sistema nervioso en nosotras, las que sostenemos demasiado. Por Carina Onorato.
Hay una forma de cansancio que no se cura durmiendo. Es ese desgaste sordo de las que parecemos estar siempre enteras: sostenés una reunión de que nació hundida, resolvés una crisis familiar, mandás un mensaje impecable y contenés el drama de una amiga con una entereza que, mirada de cerca, asusta. Por fuera sos una composición perfecta; por dentro sos una orquesta desafinada en un sótano húmedo. Tenés el corazón acelerado, la mandíbula trabada y una creatividad catastrófica digna de mejores causas.
Ese humor filoso que manejamos a veces es talento, pero muchas otras es el último biombo antes del colapso total.
Conviene admitirlo de una vez porque el decorado ya se está cayendo: desregularse no es ser débil, es ser humana. Pero en las mujeres que manejamos cierta lucidez (ponele), el desborde suele presentarse con ropa trendy. Se disfraza de hiperfunción, de una ironía quirúrgica, de perfeccionismo maníaco o de esa necesidad física de cerrar una conversación ahora mismo porque el vacío nos respira en la nuca. El deseo de resolverle la vida a todo el mundo mientras sentís que la tuya se desliza por una pendiente dudosa no es eficiencia, es síntoma.
El autoconocimiento tiene poco que ver con sahumerios o música de cuencos. Se trata de aprender a leer tu sistema nervioso con la misma frialdad con la que leés un contrato mal redactado o una mentira envuelta en buenos modales. Hay personas que identifican enseguida cuando un negocio no cierra o cuando un vínculo es turbio, pero tardan décadas en detectar lo más cercano: qué las saca de eje.
A veces no nos desquicia el hecho en sí, sino lo que ese hecho toca. El mail agresivo no es solo un mail; es el fantasma de la exigencia que te persigue desde el jardín de infantes. El silencio del otro no es falta de señal; es ese miedo añejo a no ser elegida. El incendio no lo provoca la chispa, lo provoca tu estructura interna que está hecha de paja y nafta.
El cuerpo suele avisar mucho antes que tu narrativa, aunque nos encante ignorarlo. Los hombros en las orejas, el sueño cortado o esa manía de analizar mensajes de whatsapp a las 2 am son indicadores que no fallan. En ese estado no pensás mejor, solo pensás más fuerte. Y la impulsividad, que a veces vendemos como autenticidad, no es más que desborde con buena prensa.
Regularse no es volverse zen ni hablarse con frases de carrusel de instagram. Es tomar medidas de adulta. La primera es no decidir nada desde el pico de activación. Hay mensajes que ganan muchísimo si se mandan después de ocho horas de sueño y un café decente.
Cuando el sistema está saturado, no necesita más estímulo, necesita menos. Menos pantallas, menos discusión circular y un poco de silencio. Parece una receta infantil o un poco ingenua, pero es simplemente un poco de higiene mental. El cuerpo no es un accesorio elegante que transporta tu mente de reunión en reunión; es la base material de todo lo que decidís. Tratarlo como a un empleado junior recién incorporado tiene consecuencias, y no son gratas.
Rumiar no es pensar; repasar una escena veinte veces en la ducha no es procesar, es profundizar la grieta. En esos momentos sirve más una pregunta seca que un festival de hipótesis: ¿Qué me activó de verdad acá? ¿Qué amenaza sentí? ¿Qué miedo viejo apareció hoy con ropa nueva?
Nadie se regula bien en privación crónica. Si dormís mal, comés cualquier cosa y llamás amor a la incertidumbre, no necesitás un mantra, necesitás estructura. A veces la regulación no se juega en un instante heroico, sino en decisiones menos vistosas: poner un límite, dejar de sobreexplicarse, no exponerse cada semana a lo mismo esperando un resultado distinto.
Romantizar la intensidad o el aguante es una trampa. Vivir en estado de alerta no te hace más profunda ni más interesante; te deja agotada y sin eje.
Hay una diferencia abismal entre ser una mujer compleja y vivir tomada por la propia tormenta. La primera tiene espesor; la segunda, simplemente, se pierde.
Al final, conocerse no es hacer todo impecable ni ser una Barbie perfecta que nunca se quiebra. Es poder advertirse a tiempo. Es saber qué te desordena y qué precio pagás cuando ignorás el aviso. Recuperar el margen interno para poder elegir cómo responder en lugar de reaccionar como si todo fuera una declaración de guerra. En ciertos días, esa pequeña advertencia vale más que cualquier gran revelación.
Nos vemos en la próxima, con los pies en la tierra.

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